Llamar a Dios mentiroso

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Llamar a Dios mentiroso

Mensaje por miki7312 el Vie Ago 13, 2010 5:18 pm


Importantísima reflexión sobre nuestro diario vivir con Dios, otro aporte de nuestro hermano en la fe Regino, para que lo disfrutemos y nos sea de bendición:

Jesús le dijo: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú; "Muéstranos el Padre"?» (Juan14: 9)

La pregunta que Jesús le hizo a Felipe bien podría hacérnosla a nosotros también: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe?» Felipe no tenía excusa para no conocer a su Maestro. Había vivido con él tres años y medio. Jesús reprendió a Felipe por dos cosas:

Primero: Por no haber mejorado su relación con él durante los tres años y medio que habían pasado juntos. Debería haber alcanzado un profundo conocimiento de Jesús. Sin embargo, por su propia confesión, no lo conocía. Dios desea que lo conozcamos en una relación íntima y personal. Él se ha revelado y ha proporcionado una manera de conocerlo a través del sacrificio de su Hijo, Jesucristo. Cuando Felipe y sus compañeros vivieron con Jesús durante tres años y medio, vivieron con el Padre, porque Jesús y el Padre, son uno. Desde el primer día que Felipe conoció a Jesús dijo que lo reconocía como el Mesías (Juan 1: 45). Sin embargo, al final, dijo que no conocía al Padre.

Muchos que tienen un buen conocimiento de las Escrituras y de las cosas divinas, pero que no obtienen el conocimiento esencial que se espera de ellos, no conocen a Dios por experiencia. No conocen lo que se espera que conozcan de él. Recordemos que cuanto más tiempo hace desde que conocemos a Jesús, más se espera que los conozcamos en una escala más profunda. Cristo espera que nuestra experiencia con él esté en proporción con los privilegios que nos ha dado.

Segundo: Jesús reprende a Felipe porque todos los que han visto a Jesús por la fe han visto al Padre en él, aunque de repente no sean conscientes de haberlo visto. A la luz de la doctrina de Cristo, vieron a Dios como el Padre de las luces; en los milagros vieron al Padre como el Dios de poder. La santidad de Dios brilló en la inmaculada pureza de la vida de Cristo, y su gracia en todos los actos de gracia realizados por el Salvador.

El verdadero problema es que estamos acostumbrados a vivir con un Dios "de lejos", como se dice habitualmente. El Dios que sana al enfermo y restaura la vida de sus criaturas nos hace una invitación importante hoy. Nos invita a experimentarlo personalmente. Nos invita a hacer una realidad de su presencia en nuestra vida, a conocerlo de verdad. Creamos esta promesa hoy, pues, de lo contrario, hacemos a Dios mentiroso.


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